Las tensiones geopolíticas han vuelto a situarse en el centro de la narrativa de mercado tras los ataques de Estados Unidos e Israel sobre Irán. La reacción de los mercados energéticos ha sido inmediata: el gas natural se ha disparado cerca de un 60% y el petróleo ha subido alrededor de un 30% en pocos días.
El detonante es evidente. El tráfico por el Estrecho de Ormuz —uno de los principales chokepoints energéticos del mundo— se ha reducido drásticamente, mientras que las infraestructuras de almacenamiento en el Golfo se aproximan a su capacidad máxima. En estas condiciones, cualquier interrupción prolongada del flujo comercial puede traducirse rápidamente en recortes de producción.
A pesar de que la economía global es hoy menos dependiente del petróleo que en décadas pasadas, el sistema energético mundial sigue dependiendo de manera crítica del flujo concentrado de petróleo y gas del Golfo Pérsico. Por ello, no sorprende que el mercado esté incorporando una prima geopolítica significativa en los precios.
Dicho esto, es importante separar el ruido del cambio estructural. Hasta ahora no se ha producido destrucción significativa de infraestructuras energéticas ni una interrupción permanente de la oferta. El shock que estamos observando es principalmente logístico y geopolítico.
Un shock energético, pero probablemente no una crisis del petróleo
Los modelos energéticos sugieren que una reducción temporal de la oferta regional de alrededor de 4 millones de barriles diarios podría llevar el petróleo hacia niveles de 100–120 dólares por barril. Sin embargo, estos niveles se situarían muy por encima del precio que justificarían los fundamentales del mercado, que siguen apuntando a un equilibrio cercano a los 60 dólares.
En otras palabras, la mayor parte del movimiento actual refleja una prima de riesgo.
Nuestro escenario central sigue siendo que el conflicto tenga una duración limitada y que el impacto energético sea intenso pero transitorio. El escenario central admite repuntes puntuales del petróleo a $120 por barril, como hemos vivido esta mañana pero que se mantiene alrededor de 80 dólares durante la primera mitad de 2026. El impacto macroeconómico de esta escenario, sería relativamente moderado: el crecimiento global podría reducirse en torno a 0,6 puntos porcentuales anualizados y la inflación aumentar ligeramente por encima de un punto porcentual.
Este tipo de shock, por sí solo, no suele ser suficiente para descarrilar una expansión global.
Un mercado obligado a reconsiderar su posicionamiento
Lo que sí ha cambiado de forma inmediata es el posicionamiento de los inversores.
El consenso de mercado para 2026 era claramente pro-cíclico: posiciones largas en renta variable global, diversificación hacia Europa y mercados emergentes, posiciones cortas en dólar, largas en oro, estrategias de carry en divisas emergentes y sobreponderación en crédito.
La escalada geopolítica ha provocado una liquidación rápida de parte de esas posiciones. El dólar ha vuelto a demostrar su papel de activo refugio, mientras que el aumento de la volatilidad ha generado episodios de desapalancamiento sistemático.
Este tipo de “washout” de posicionamiento suele ser doloroso a corto plazo, pero con frecuencia crea oportunidades a medio plazo.
Las tres fuerzas que probablemente limitarán la duración del conflicto
El escenario más probable sigue siendo un conflicto relativamente breve. Tres factores apuntan en esa dirección.
El primero es la capacidad logística y militar. Las operaciones prolongadas tienden a verse limitadas por restricciones en armamento, logística y capacidad operativa.
El segundo es el coste económico de una interrupción prolongada del flujo energético a través del Estrecho de Ormuz. Un cierre sostenido tendría consecuencias económicas globales que generan fuertes incentivos para la desescalada.
El tercero es el calendario político estadounidense. Los costes económicos y energéticos de un conflicto prolongado tienden a volverse políticamente insostenibles.
En conjunto, estas tres fuerzas, lo que algunos analistas han denominado las “tres M”: munitions, markets and midterms actúan como un mecanismo natural de contención del conflicto.
Implicaciones macro: impacto moderado, pero mayor incertidumbre
El principal canal de transmisión macroeconómica es el precio de la energía.
En un escenario de riesgo persistente, es probable que el petróleo y el gas permanezcan por encima de las previsiones anteriores durante algún tiempo. Sin embargo, la experiencia histórica muestra que subidas del petróleo del orden del 40–50% no suelen deteriorar de forma significativa la confianza empresarial, salvo que se prolonguen durante muchos meses o vayan acompañadas de una escalada militar más amplia.
Por ello, el impacto macro más probable es un modesto shock inflacionario combinado con una ligera desaceleración del crecimiento.
La reacción de los bancos centrales dependerá en gran medida de la duración del shock energético. Si el conflicto se prolongara y aumentara el riesgo de recesión, los bancos centrales tenderían a priorizar el crecimiento y adoptar una postura más acomodaticia. Si, por el contrario, el petróleo se mantuviera elevado durante varios meses sin deterioro significativo del crecimiento, el equilibrio entre inflación y crecimiento sería más complejo.
Estrategia de inversión
Desde el punto de vista de inversión, el episodio actual parece más un ajuste de posicionamiento que un cambio estructural en el ciclo económico global.
La volatilidad geopolítica probablemente mantendrá una prima de riesgo en los mercados energéticos durante algún tiempo, pero nuestro escenario central sigue siendo compatible con una expansión económica global.
En este contexto, la estrategia más razonable es evitar reacciones excesivas ante un shock que probablemente sea temporal. Mantener exposición a activos de riesgo, incorporar coberturas tácticas frente a episodios de volatilidad y aprovechar los episodios de liquidación de posicionamiento para construir posiciones a medio plazo sigue siendo el enfoque más adecuado.
La historia de los mercados muestra que los shocks geopolíticos suelen generar volatilidad intensa a corto plazo, pero rara vez alteran de forma permanente la trayectoria de los fundamentales económicos. Por ahora, no hay evidencia de que este episodio vaya a ser una excepción.